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Full text of "Nuestros hijos"

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BIBLIOTECA «TEATRO URUGUAYO* 



FLORENCIO SANCHEZ 



Nuestros Hijos 



EPIA EM TRES ACTOS 




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in 2014 



https://archive.org/details/nuestroshijos510sanc 



NUESTROS HIJOS 



Derechos reservados al autor. 



TALLERES GRÁFICOS «EL ARTE», DE O. M. BERTANI 
25 DE MAYO, 262 



BIBLIOTECA «TEATRO URUGUAYO» N.° 3 



FLORENCIO SÁNCHEZ 



Nuestros Hijos 



«3 



MONTEVIDEO 

o. M. BERTANI — EDITOR 
1909 



ñCTO 1/ 



mji HIi }ÍRUU DEIi PIIMCETE DHIi SlBfíOH DÍAZ 

Escena I 

Señolea Díaz y eitiada 

Sra. de Díaz — ( En traje de calle ) Juana. Avise á la 
niña Mecha que van á dar las nueve. Que se 
apure. 

Criada — Está bien. ( suena un timbre ). 
Sra. de Díaz — El señor se ha levantado ? 
Criada — No sé, señora. 

Sra.de Díaz — Toda la mañana ha estado sonando la 
campanilla. ¿ Por qué no ha subido Manuel ? No 
está en casa? 

Criada — No sé, señora. 

Sra. de Díaz — Vaya á buscarlo en seguida. ¡ Ah ! 
Bájeme los guantes que están sobre la mesita 
del tualé. 

Criada — Señora ; no puedo hacer tanta cosa á la vez. 



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Sra. de Díaz — Lo que no debe hacer Vd. es con- 
testar. 
Criada — ( Mutis ). 

Sra. de Díaz — ( Se vuelve hacia un espejo y corrije la 
posición de su sombrero. ) 

Eseena II 

Señolea y señoit Díaz 

Sr. Díaz — ( Que ha descendido lentamente la escalera ). 
Jorgelina ! 

Sra. de Díaz — ( Con un movimiento nervioso ). Jesús ! 

Me has asustado ! 
Sr. Díaz — Dime : ¿ has dado orden á los criados de* 

que no me atiendan ? 
Sra. de Díaz — Cómo puedes pensar semejante cosa, 

Eduardo? Precisamente acabo de observarle á 

Juana que . . . 

Sr. Díaz — Hace muchos días que no me sirven como 
es debido. Tengo que llamar media hora para 
que acudan ; me suben los periódicos cuando se 
les antoja, y ponen mal gesto ó rezongan si algo 
les observo. Todo esto no está en razón puesto 
que los trato bien. 

Sra. de Díaz — Pero encuentras razonable atribuirme 
las faltas de los criados. 

Sr. Díaz — Pienso que sería más lógica en Vds. que 
en ellos esa hostilidad. 

Sra. de Díaz — ¡ Oh ! Sería curioso que empezara á 
atacarte ahora la manía de las persecuciones. 



NUESTROS HIJOS 



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Sr. Díaz — Mecha ya no sube á ayudarme. 

Sra. de Díaz — Bien sabes que está enferma. 

Sr. Díaz — He notado además que se están tomando 
demasiado interés por mí y por mis asuntos. 
Eso me perturba. Desearía no tener que repetir 
estas observaciones. Si molesto, me voy. No 
quiero ser molestado. 

Sra. de Díaz — En verdad, sería preferible una sepa- 
ración definitiva, á este divorcio deprimente en 
que vivimos. 

Sr. Díaz — ¿La desean ya ? 

Sra. de Díaz — No, Eduardo : no la deseamos. Lo 
que queremos es que Vuelvas á la vida de antes, 
á ocupar tu lugar en el seno de los tuyos y en 
la consideración de las gentes. Esto no debe 
continuar así ! 

Sr. Díaz — Sabes si ha llegado la correspondencia de 
Europa ? 

Sra. de Díaz — No sé. No, no te vayas. Escúchame. 
Sr. Díaz — Tú debes salir, yo tengo que hacer. Nos 
distraeríamos. 

Sra de Díaz — No. Atiende. Te exijo que me atiendas ! 

Sr. Díaz — Te advierto que no me negaba por descor- 
tesía sino por sentido práctico. Salvo que ten- 
gas algo que comunicarme. 

Sra. de Díaz — No te robaré mucho tiempo. Respón- 
deme categóricamente. ¿Tienes algún agravio 
conmigo ? 

Sr. Díaz — No. ¿Por qué me haces esa pregunta? 
Sra. de Díaz — Porque cada vez me resulta más inex- 
plicable tu conducta. 



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Sr. Díaz — Creo haberla explicado satisfactoriamente. 
Sra. de Díaz — Pero no la justificas. Eres demasiado 

normal, demasiado equilibrado para oonvencer á 

nadie de tu extraña misantropía. 
Sr. Díaz — ¿ Misántropo yo ? 

Sra. de Díaz — ¿ Quieres que nos entendamos ? Esta 
vida nuestra se hace cada vez más dolorosa. 
Hace un momento te quejabas de los criados. 
Cómo te han de respetar si ven que has abdi- 
cado tu autoridad; si para ellos no eres más 
que un pobre ente sin voluntad á quien su fami- 
lia ha relegado al último piso de la casa por 
sabe Dios qué lacras morales? 

Sr. Díaz— ¡ Oh ! 

Sra. de Díaz — Eso ! Un pobre diablo á quien no toman 
en cuenta quizá por creer que nos halagan, que 
eso entra en sus obligaciones. No eres mucho 
más para nuestras relaciones. Un extravagante 
cuando nó un monomaniático lastimoso. 

Sr. Díaz — Me interesa igualmente poco lo que puedan 
pensar unos y otros ; criados y amigos. 

Sra. de Díaz — Y nosotros ? Y nuestra situación ? 

Sr. Díaz — Bien han podido habituarse en cuatro años. 
En menos tiempo llegamos hasta aburrirnos de 
tener un enfermo crónico en la familia. 

Sra. de Díaz — ¡ Oh ! Eso es una crueldad injusta. 

Sr. Díaz — Es una vulgar constatación. Por lo demás 
aquí no se trata de un enfermo ni de cosa que 
lo parezca sino de un sujeto que no tiene nece- 
sidad de abrevar en la fuente común para hallar 
su poco de dicha y que nada hace ni hará en 



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perjuicio de la dicha ajena. El caso no puede 
ser más sencillo. Con partir de ese concepto y 
con preocuparse menos de lo qne piensen y 
digan las gentes nos ahorraríamos inquietudes y 
prevenciones. Tranquilícense, pues. Y tú déjate 
de cavilaciones. Nada me has hecho, nadie me 
ha hecho nada. Déjenme en la paz de mi man- 
sarda con mis diarios y mis papelotes y no se 
empeñen en torcer una resolución que es irre- 
vocable, y mucho menos en hostilizarla. 
Sra. de Díaz— No sé por qué, cuanto más te esfuer- 
zas en justificar tu actitud más enigmática me 
resulta. Por última vez, Eduardo ¿ debo pensar 
que somos ajenos á ella ? ... que soy ajena á 
ella ? 

Sr. Díaz — Debes pensarlo. 

Sra. de Díaz — Y por qué me has abandonado ? 

Sr. Díaz — Vuelta á subir la montaña con el peñasco á 
espaldas. ¿ Para qué me lo haces caer ? 

Sra. de Díaz — Has podido dedicar á tu obra la aten- 
ción necesaria sin necesidad de renunciar á la 
vida en común. 

Sr. Díaz — No; la convivencia me exijiría un partici- 
pación activa en el tráfico social. He empezado 
demasiado tarde la obra para derrochar tiempo 
en trivialidades. 

Sra. de Díaz — No todo es tráfico social en la convi- 
vencia afectiva. 

Sr. Díaz — Naturalmente, pero lo demás no les falta. 

Sra. de Díaz — Oh ! Eduardo, Eduardo ! . . . ( Se detiene 
mirándolo fijamente. — El señor Díaz distrae su mirada 



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en cualquier sentido ^ luego se pone de pie encami- 
nándose á la escalera. ) 
Sea. de Díaz — ( con cierta vehemencia ). No ; no te Vayas 1 
No me hagas eso ! Ven acá ! Dime : si es ver- 
dad que nada tienes que reprocharme ¿ Por qué 
me has repudiado ? ¿ Por qué me repudias ? 
Sr. Díaz — ; Otra vez con el peñasco á cuestas ! Hasta 
cuando he de decirte que considero terminada 
mi misión en este hogar? 

Sra. de Díaz — Te equivocas. No ha terminado. Quizá 
nuestros hijos no necesiten ya tus caricias. Pero 
yo sí. Ellos van á formar nuevos jardines, nos- 
otros quedamos para cultivar nuestros viejos 
rosales. ¿ Por qué hemos de dejarlos secar antes 
de tiempo ? ( Con mucha ternura apoyándosele en el 
hombro) Devuélveme tu ternura, Eduardo. Me 
hace falta, nos hace falta á los dos un poco de 
realidad afectiva. 

Sr. Díaz ( Se aparta suavemente de sus brazos y detiene 
un instante la vista en el sombrero ). 

Sra. de Díaz — Qué pasa ? Qué tengo en el sombrero ? 

Sr. Díaz — ( Sonriendo ) Nada, nada. 

Sra. de Díaz — Pero . . . 

Sr. Díaz — No te inquietes. Una reminiscencia. Un 

relámpago mental. 
Sra. de Díaz — ( Va al espejo y se mira ). 
Sr. Díaz ( se aleja escaleras arriba ). 

Sea. pe Díaz— ( ai volverse, con un gesto de desilusión), 
i Oh ! Eduardo ! Esto no tiene nombre ! . . . 



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Escena III 

^ Señot* Díaz y ^Weeiia 

Mecha - (Al cruzarse con Díaz en la escalera. ). Buen día, 
papá. 

Sb Díaz -Buenos días, rabonera. Tengo toda la corres- 
pondencia inglesa del « Amazón » por traducir. 
I ¿Cuando subes? 

Mecha -Ah, papito! Cuando hagas poner el ascensor. 

Ya sabes que me fatiga subir tanta escalera. 
Sr. Díaz — Si es por eso hoy mismo llamo al ingeniero. 

( Mutis ). 

Mecha - (A su madre). Ahí tienes tus guantes. ¿Que te 
ha pasado ? 

Sea. de Díaz — Lo de siempre. Tu padre ! . . . 

Mecha -Para qué se meten con él. Ya saben como es. 
¿ Qué te ha hecho ? 

Sea. de Díaz — No tiene remedio ya. 

Mecha -Sé que ayer estuviste arriba revolviéndole los 
papeles. Si llega á descubrirlo vamos á tener 
un disgusto serio. ( Se deja caer en 1^ silla con un 
gesto de fatiga V empieza á ponerse los guantes ). 
Uffl Cuanto daría porque no vinieran á bus- 
carme ! Me siento mal hoy. 

Sea. de Díaz — (Dándose los últimos retoques ante el espejo ). 

Lo que es yo no las espero. (Al volverse ve á Mecha 
casi desvanecida ). Muchacha ! . . . Muchacha ! . . . 
¿Qué tienes? 

Mecha -Nada!... Ya pasa! Un vahído !.. . Una cosa 
muy extraña ! 



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Sea. de Díaz — Qué palidez ! . . . Y estás traspirando ! . . 

Mecha -No te preocupes. ( mtenta ponerse de pie pero se 
deja caer en la silla ). ¡ Oh ! Yo no Voy ! ( Sacán- 
dose el sombrero ). Toma, ponió en cualquier parte. 
Misia Edelmira no se resentirá. Podría ir Laura 
en mi lugar ... ¿ no te parece ? Avísale. 

Sea. de Díaz — ( Toca el timbre ). Pero hija ¿ cuando te 
vas á resolver á consultar al médico ? 

Mecha -Para qué! No vale la pena. Un poco de debi- 
lidad ; nada más. 

Escena IV 

Oeiada — ¿ Señora ? 

Sea. de Díaz — La señorita Laura está en cama ? 

Ceiada — No señora. 

Sea. de Díaz — Llámela. 

Ceiada — Ahí llega. , Mutis í. 

Sea. de Díaz — Te espera una mala noticia. 

Laüea — ¿ Cuála ? 

Sea. de Díaz — Mecha, no se siente bien y quiere vayas 
tú en la comisión. 

Lauea— Ay ! Ay ! Ay ! . . . No me agarran. Es muy abu- 
rrida la infancia desvalida. 

Mecha — Vístete. 

Lauea — Y más fastidioso es eso. 

Mecha — Podría resentirse Edelmira ni no fuera nin- 
guna. 

Lauea — ¿ Qué te pasa ? Progresa la anemia ¿ eh ? No ; 
no, no ! No te hagas ver. A nosotros nos hace 
falta estrenar el panteón de la recolecta, y usar 



NUESTROS HIJOS 



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luto por un tiempo. Está de moda ; es muy chic 
el luto. 

Sra. de Díaz — Cállate, tilinga ! . . . 

Laura — Bueno. Total que no hay colecta pro infancia 
desvalida. ( Suena la bocina de un automóvil ). Ellas! 
Te das cuenta ? . . . ché. 

Mecha — No seas mala. Anda á vestirte. 

Laura — Trancemos. Las aguardo y si veo que se empe- 
ñan en llevarme, acepto. ¿ Te parece ? 

Escena V 

( La señora de Díaz va al encuentro de las señoras de 
Alvarez y de González que entran saludando muy 
afectuosamente). 

Sra. de Alvarez — C^mo de costumbre, en retardo. En 
el trayecto de casa hasta aquí hemos encon- 
trado dos comisiones en plena actividad. ¿ Estaba 
Vd. por salir, Jorgelina? 

Sra. de Díaz — Sí. Al Pilar. 

Sra. de Alvarez — Es cierto que entierran á Etcheve- 
rry. Qué golpe para la pobre Claudia. Una 
muerte así, tan inesperada . . . 

Sra. de González — Dicen que ha sido un suicidio. 

Sra. de Díaz — Se habla mucho de eso pero yo no lo 
creo. 

Sra. de Alvarez — ( a Mecha ). Ponte el sombrero, hija 
y nos vamos. Estás de mal semblante. 

Mecha — Me siento mal hoy, señora. Estaba pronta ya 
para ir y . . . 

Sra. de Alvarez — Supongo que no renunciarás ? . . . 



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Mecha — Si me lo permite, sí señora. 
Sea. de Alvakez — Qué tontería, muchacha. No sabes 

lo que te pierdes. 
Laura — ( a la señora de González ). Lita ha ido á Palermo 

hoy? 

Sra. de González — No ; salió en otra comisión con 
Maruja Pérez y la señora de Oliva. 

Sea. de Díaz — Yo creo que debe perdonarla Edelmira. 
Esta muchacha no está bien. 

Sea. de Alvaeez — Y á quién vemos á esta hora para 
que nos acompañe? 

Mecha — Podría ir Laura. 

Lauea — Haces mal en comprometer á Edelmira. 

Sea. de Alvaeez — ¡ Oh ! con mucho gusto ! . . . Es toda 

una idea. Vístete, muchacha. 
Lauea — No sería hacerles perder tiempo ? 
Sea. de Alvaeez — Eso dependerá de ti en todo caso. 
Lauea — Bien. Ya estuvo. Diez minutos. ( Mutis ). 

Escena Vi 

Sea. de Alvaeez — Supongo que tu malestar no depende 

de algún disgustillo con Enrique. 
Mecha — ¡ Oh, no señora ! . . . 

Sea. de Alvaeez — ¡ Ah ! Ahora que recuerdo ! Qué 
tonta eres, criatura. Seguro que te ha comuni- 
cado ya la noticia. 

Sea. de Díaz — Hay alguna novedad ? 

Sea. de Alvaeez — ( a Mecha ). Cómo ? no sabes nada ? 
Pues . . . Anoche hemos recibido carta de Alva- 
rez. Escribe comunicando que se va á Baden-Ba- 



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den por consejo de los médicos á someterse 
á un tratamiento, y con ese motivo — no te 
vayas á desmayar, muchacha — pide que le man- 
demos á Enrique para que le haga compañía. 
Mecha — (Reprimiendo un movimiento de sorpresa ¡Oh! Ya 
lo sabía ! 

Sea. de Alvarez — Te había escrito ¿verdad? 

Mecha — Sí ; Sí señora ... Sí señora ! . . . 

Sra. de Díaz — De modo que se va Enrique? 

Sea. de Alvaeez — Naturalmente. Pero será un viaje 
muy rápido ; de tres meses á lo sumo. Enrique 
estará de regreso á tiempo para cumplir su 
compromiso. No hay motivo, pues, para afligirse 
tanto, muchacha. 

Mecha — No señora. No me aflijo, i Una cosa tan natu- 
ral !.. . 

Sea. de Alvaeez — No hay para que decir que Enrique 
anda bailando de gusto. Creo que hasta se ha 
ido á esperar que abrieran la agencia de vapo- 
res para elegir camarote. 

Mecha — ( irónica ) Naturalmente ! . . . 

Sea. de Alvaeez — Perdón. He sido talvez indiscreta, 
pero es la pnra verdad. Es preciso imaginarse 
lo que significa para estos muchachos la pers- 
pectiva de un paseíto por Europa. 

Sea. de Díaz — Si viera Vd. las ganitas que tiene Alfredo 
de hacerlo. Creo que si se recibe este año es 
debido á la promesa que le hemos hecho de 
mandarlo por unos meses á París. 

Sea. de González — Por otra parte, es una ventaja ca- 
sarse con un hombre que haya estado en Europa. 



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NUESTROS HIJOS 



Sra. de Alvarez — Claro está. Adorna mucho. 
Sea. de González — Va al matrimonio con una curiosi- 
dad menos. 

Hseena Vil 

Sea. de Alvaeez — ¡ Oh ! señor Díaz. Qué feliz casua- 
lidad. 

Se. Díaz — ( saludando ). Cómo está Vd. Edelmira ! ( a la 
de González ), Cómo está Vd. señora ! . . . 

Sea. DE Alvaeez — Cuanto tiempo hace que no nos 
vemos ? 

Se. Díaz — Su esposo de Vd. está bien. 
Sea. de Alvaeez — No mucho. Jfnoche hemos recibido 
carta. 

Se. Díaz — Está en el campo? 

Sea. de Alvaeez — No. En Europa. 

Se. Díaz — ¡Ah! Y el señor González también está en 

Europa ? 
Sea. de González — No, aquí. 

Se. Díaz - Con el permiso de Vds. Un instante. ( Mutis). 

Escena VlII 

Sea. de Alvaeez - Podre Eduardo ! . . . Cómo está ! . . . 

í Sigue con su manía ? 
Sea. de Día^ — Cada día peor. Metido allá arriba, se 

pasa semanas enteras sin que le veamos la 

cara. 

Sea. de González — Escribe mucho ¿ verdad ? 
Sea. de Díaz — Creo que nó. Lee y lee siempre. 
Sea. de Alvaeez — Diarios ? 



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Sea. be Díaz — Esclusivamente. Recorta las crónicas 
policiales y las va pegando en unos grandes 
cuadernos, con no sé qué extrañas anotaciones. 

Sra. de Alvaebz — Qué rareza ! Todo eso para escri- 
bir un libro. 

Sra. de Díaz — Figúrense ! Tan luego él que nunca 
tuvo aficiones literarias. 

Sea. de Alvaeez — La neurastenia es una cosa terrible. 
Acaba con la gente más equilibrada. Pobre 
Jorgelina! La compadezco! 

Sea. de Díaz — ¡ Ay ! Déjenme ! , . . No pueden Vds. 
imaginarse lo que nos contrista su estado. Yo 
creo que lo hem.os perdido para siempre ! . . . 

Sea. de González — Deberían ponerlo en tratamiento. 
No debe ser incurable. Dicen que en el sanato- 
rio de Ramos Mexía se está muy bien. Hay 
muchos enfermos distinguidos. 

Sea. de Díaz Y quién lo recluiría ! 

Sea. de Alvaeez — Sería muy fácil. Se le lleva enga- 
ñado y una vez allí . . . 

Mecha — i Oh ! Hagan el favor de no hablar así de papá. 
Bien podrían ahorrarse tanta conmiseración. 

Sea. de Díaz — ¡ Mercedes ! 

Mecha — (Exaltada). No es tan lastimoso su estado. No 
está loco, ni enfermo, ni maniático. Es un buen 
hombre que se siente harto de nosotros ; de tanta 
hipocresía, de tanta simulación, de tanta mal- 
dad ! De toda !a miseria moral de nuestra vida. 
Eso, eso es lo que tiene ! Nada más ! 

Sea. de Díaz — Te has enloquecido, Mercedes? Qué 
ideas son esas ? 



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NUESTROS HIJOS 



Mecha — Recién empiezo á comprender la verdad. 
Sea. de Alyabez — Muchacha ! . . . A qué viene ese 

arranque. Nosotros . . . 
Mecha — Sé lo que digo y por qué lo digo. 

Escena IX 

Alfkedo — No esperábamos encontrar tanto bueno por 
acá. ( Enrique da la mano á la Sra. de Díaz y á Mecha, 
y Alfredo á las Sras. de Alvarez y González ). 

Sea. de Alvaeez — Como Mecha no puede ir, espera- 
mos que se vista Laura. No sabes la que te 
aguarda, Enrique. Está . . , pero furiosa por tu 
viaje. 

Eneique — Se lo has anunciado. Yo pensaba darle la 
nueva esta noche y recabar su permiso. Creo 
que no reñiremos. En último caso siempre será 
ella la que disponga. 

Alfeedo — Saben que han puesto Vds. en fuga á medio 
Buenos Aires? 

Sea. de González — ¿Nosotras? 

Eneique — Nadie está en su casa. 

Alfeedo — Y cosa de alquilar balcones para ver como 
huye la gente en cuanto aparece un automó- 
vil con el consabido estandartito « Pro infancia 
desvalida ». 

Sea. de González — Qué exageración ! . . . 

Alfredo — ( a Enrique ). ¿ Subimos ? 

Sea. de Alvaeez - ¿ Huyen también Vds. ? 

Alfeedo — No. Lo he traído á éste para darle un Bede- 



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ker y unos libros que tengo sobre París. Con 
permiso, pues. (Mutis). 
Sea. de Alvakez — Que les dije. Trastornado con el 
viaje. 

Escena X 

Sr. Díaz — ( Que aparece con un grueso paquete de diarios ), 
Qué significa un automóvil con un estandarte, 
que he visto en la puerta ? . . . 

Sra. de Alvarez— -Que hoy es nuestro día. Hacemos 
una colecta « Pro infancia desvalida ». 

Se,. Díaz — ¿Para qué? 

Sea. de Alvaeez — Para eso. Para nuestros asilos, y 
nuestros talleres. Para el sostenimiento de las 
instituciones benéficas que patrocinamos. 

Se. Díaz — Entendido. Para el mantenimiento de « nues- 
tros hijos naturales ». 

Sea. de Alvaeez Qué dice usted, Eduardo ? 

Se. Díaz — Nada con intención. Me acordé de un suelto 
de diario . . . 

Sea. de Alvaeez — Sigue usted tan . . . entregado á las 
noticias policiales ? 

Se. Díaz — Si señora. Más que nunca. Pues . . . Me vino 
á la memoria un suelto leído hace algún tiempo, 
en el cual se publicaban ciertos datos estadísti- 
cos sobre natalidad ilegítima. 

Sea. de Alvaeez — Eso es todo un problema social. 

Se. Díaz — Y saben como titulaba el diario la noticia ? . . 
« Nuestros hijos naturales », 



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NUESTROS HIJOS 



Sea. de Als^aeez — Pues... francamente, no le Veo la 
gracia. 

Se. Díaz — Claro está. Yo tampoco. 

Sea. de González — A mí me resulta una insolencia. 

Se. Díaz — Pues yo . . . 

Sea. de Alvaeez — A mí . . . 

Se. Díaz — Continúe usted. 

Sea. de Alvaeez — iba á decir una tontería. Siga, 
Eduardo. 

Se. Díaz — Casi me ocurre lo mismo. Con permiso. 
( Ademán de irse ). 

Sea. de Alvaeez — Venga acá. No sea huraño. ¿ O tiene 
miedo del sablazo ? . . . Dedíquenos un instante. 
Cuéntenos algo de su obra. Tendremos pronto 
el gusto de leerla? 

Se. Dla.z — No he empezado á escribir. Continúo docu- 
mentándome. 

Sea. de Alvaeez'— ¿ En la crónica policial ? 

Se. Díaz — En la crónica policial. 

Sea. de Alvaeez — Qué original ! Será un libro trágico. 

Se. Díaz — Efectivamente. Trágico. 

Sea. de González — Se va á Vender mucho eso. Un 

éxito así como el de Stella de Emita de la 

Barra. No ha leído usted? 
Se. Díaz — No, señora. 

Sea. de González — Es raro. Toda la gente bien lo 
conoce. 

Sea. de Alvaeez — Lo que no acabo de explicarme es 
como hace usted para sacar provecho de ese 
tejido de fantasías y embustes. 

Se. Díaz — Ah, señora mía. No tomando en cuenta los 



NUESTROS HIJOS 



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embustes ni las fantasías. Me basta con el 
hecho en sí y las causas que lo han determi- 
nado. 

Sra. de Alvarez — Pues no ha emprendido usted chico 
trabajo que digamos ! . . . 

Sra. de González — Debe ser muy monótono eso. La 
misma cosa todos los días, La misma puñalada 
el mismo robo, el mismo suicidio. Por casuali- 
dad un suceso interesante ! 

Sr. Díaz — Para mí lo son todos. La puñalada de ayer 
y la puñalada de hoy son dos dramas distintos 
Extraerlos del relato trivial, analizarlos y cata- 
logarlos, es por ahora mi tarea. Quieren un 
ejemplo? Han leído ustedes la noticia de ayer 
del suicidio de una familia entera, una mujer 
que se asfixia con sus cuatro hijitos? 

Sra, de Alvarez — No. Pero he oído conversar de eso 
á los sirvientes. 

Sr. Díaz — Una cosa vulgar. Igual al de antes de ayer 
y al de la semana pasada, — dramas de la mise- 
na — pero con la diferencia de que en el caso 
anterior el marido estaba en la cárcel. Un homi- 
cidio por celos, supongamos, mientras que en el 
presente, el marido, el padre de esas cuatro 
criaturas . . . 

Sra. de Alvarez — Estaba enfermo en un hospital. 

Sr. Díaz — No. Había abandonado á los suyos por igual 
causa. Ya ven ustedes dos sucesos idénticos y 
dos dramas distintos. Este descubre que su 
mujer lo engaña, y desaparece abandonando su 
hogar. 



22 NUESTROS HIJOS ^ 

Sra. de Ai^vAREz - Mal hecho, ¿ qué culpa tenían las 
pobres criaturas? 

Sr. Díaz — ¿Y qué debió hacer ? 

Sra. de Alvarez ~ Velar por sus hijos, abandonando á 
esa mala madre. 

Sra. de González - Claro está ; quitarle los hijos. 

Sr. Díaz — ¿ y con qué derecho le arrebata esas criatu- 
ras á su cariño ? 

Sra. de Díaz— Ave María ! Qué ideas, Eduardo ! ... Esa 
mujer no amaba mucho á sus hijos cuando olvidó 
así sus deberes ! 

Sr. Díaz — Estás tú segura de que una mujer que 
engaña á su esposo no quiere á sus hijos ? Estás 
bien segura ? . . . 

Sra. de Alvarez — Hombre ... todo puede ser. Pero 
cómo resolvería usted ese problema ? 

Sr. Díaz — A eso voy. Esa será mi obra. Desentrañar 
del mismo seno de la vida, del drama de todos 
los días y de todos los momentos, las causas 
del dolor humano y exponerlas y difundirlas 
como un arma contra la ignorancia, la pasión 
y el prejuicio. No lo hemos perdido todo en la 
desgarrante contienda de los siglos. Hay sínto- 
mas de que la conciencia y la piedad, subsisten 
en el hombre. Digámosle á su cerebro palabras 
de verdad, é impetremos su clemencia con la 
oración del sentimiento, 

Sra. de Alvarez — Y usted cree, Eduardo, que eso no 
lo hacemos todos ? . . . 

Sr. Díaz — Ustedes ! . . . Ustedes ! . . . No. Que han de 
hacerlo ! 



NUESTROS HIJOS 



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Sea. de Alvaeez — Por lo pronto le rezaré á usted la 
oración del sentimiento diciéndole que existen 
millares de criaturas cuyo único amparo es el 
óbolo de las personas caritativas, y que aquí 
hay una bolsa que impetra su compasión. 

Sea. de González— Bravo, Edelmira. Muy bien! 

Sea. de Alvarez — Pronto ese cheque ! . . . 

Sea. de González — A que no lo firma en blanco ? 

Se. Díaz — Para eso entiéndanse con el ministro de 
Hacienda. - Por su señora ). 

Sea. de Alvaeez - No se escurra. Venga acá, señor 
piadoso. 

Se. Díaz — Por lo demás, no creo en semejante cari- 
dad. 

Sea. de Alvaeez — Expliqúese. 
Se. Díaz — No. Sería muy largo. 

Sea. de Alvaeez — Cuando menos pensará, como ciertas 
gentes, que nuestra caridad no es más que un 
pretexto para divertirnos. Le exijo un explica- 
ción. 

Sea. de González - Eso es. Le exijimos una explica- 
ción. 

Se. Díaz — Ustedes se han propuesto sacarme de mis 
casillas. Les haré el gusto. Pues ... uno de los 
capítulos, más terribles de mi libro será preci- 
samente el referente á « nuestros hijos natura- 
les ». 

Sea. de Alvaeez — ¡ Oh ! ¿ Qué tiene eso que ver . . . 
Se. Díaz - Mucho, mucho. Para quienes son esos asilos 
y esos talleres ? Supongo que no serán para 
mis hijos legítimos, ni para sus hijos legítimos- 



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NUESTROS HIJOS 



Sra. de Alvarez - Eso es una boutade indigna de us- 
ted. 

Sb. DÍAz-Pardón. Mi sinceridad no admite sobrenten- 
didos. 

Sea. de Alvaeez — Adelante, pues. 

Sr. Díaz — La crónica policial, me ha enseñado á enca- 
rar de otra manera, el problema social que 
ustedes creen haber resuelto con la fundación 
de unos cuantos asilos. 

Sea. de Alvaeez -Es cierto que son pocos, pero la 
caridad pública no da para más. 

Sr. Díaz — Aunque fundaran mil. Aunque fundaran tan- 
tos asilos como templos ! Estamos creando el 
mal para aplicarle el remedio. Y qué remedio!.. 

Sea. de Alvaeez — No entiendo. 

Se. Díaz — Empecemos por respetar el derecho á la 
maternidad!... La limitación de ese derecho es 
causa del tributo enorme de vida que nos cobran 
los asilos, las cárceles y los cementerios. En 
lugar de instituciones pro infancia desvalida, 
fundemos ligas por el respeto á la mujer en su 
función más noble. La maternidad nunca es un 
delito. Si se infringe una ley social, se ha cum- 
plido la ley humana que es la ley de las leyes. 
Sea. de ALVAREz-Ay, Dios mío! Eso es anarquismo 

puro. Usted quiere destruirlo todo. 
Se. Díaz — Esto es un evangelio que se podría practi- 
car, aún sin destruir los fundamentos de la 
presente organización social. Se puede muy 
bien abogar por la maternidad legalizada respe- 
tando la maternidad anormal. El día que ese 



NUESTROS HIJOS 



25 



convencimiento encarnara en todos los espíri- 
tus, la misión de ustedes, señoras mías, habría 
terminado ó se modificaría sustancialmente. 

Sra. de Alvarez — y mientras llega ese dichoso día 
¿ qué hemos de hacer ? 

Se. Díaz — Trabajar para que llegue, renunciando en 
primer término al ejercicio de una caridad 
perniciosa. 

Sea. de Alvarez — ¿ Perniciosa ? 

Se. Díaz — ¡ Oh, señora ! No me obligue á decir lo que 
son los asilos y las escuelas que dan ustedes á 
la infancia desvalida ! Trabajar para que llegue 
ese dichoso día. Eso, eso deben hacer. Uste- 
des que han sentido coronada la fecundidad 
con la gloria de las caricias infantiles, deben 
abogar contra el prejuicio para que no haya 
tantos hijos sin madres y tantas madres sin 
hijos . . . 

Mecha— (Que ha estado oyendo á su padre con angustia cre- 
ciente, estaña en soUozos convulsivos ). 

Se. Díaz — Qué tiene, hijita ! ( Acuden todos un tanto alar- 
mados >. 

Mecha -(Dominándose) No se alarmen. Ya pasa. Estoy 
tan nerviosa! 

Sea. de Díaz — Esta muchacha nos va á dar un dis- 
gusto. Hace tiempo que no está bien y no 
quiere atenderse. 

Se. Díaz — ¿ Quiere que mande llamar un médico ? 



26 



NUESTROS HIJOS 



Escena XI 



Lauka — No le hagas caso, papá. Romanticismo. 

Sea. de Alvaeez — Bien podías tú, haber demorado un 
poco más. En marcha, pues. Eduardo, queda 
pendiente nuestra discusión. Le preparo una 
derrota que... ya verá usted. ¿La llevamos 
hasta el Pilar, Jorgelina ? 

Sea. de Díaz — Tengo el coche. ¿No me necesitas, 
Mecha ? 

Mecha — Me siento bien ya. 

Sea. de Díaz — Hasta luego. ( Mutis ). 



Escena XII 

Se. Díaz — ( Las acompaña hasta la puerta y regresa tomando 

hacia la izquierda ). 
Mecha — (Después de un momento de vacilación). ¡Oh! Papá! 

Papá ! . . . 

Se. Díaz — (Volviéndose rápidamente). Qué! Qué, hijita?.. 

Mecha — (Angustiada). Tengo que hablart.e. 

Se. Díaz — Habla . . . ¿ Por qué estas tan agitada ? 

Mecha — No. Será después . . . después. 

Se. Díaz — Como quieras. Me extraña ese gesto, hija. 

Mecha — No. No es nada. Quería decirte que he sido 
mala contigo. No he concluido las traducciones. 

Se. Díaz — Bah ! Era sólo eso ! Hay tiempo, no te fati- 
gues. 

Mecha — ¿Me perdonas? 

Se. Díaz — Tonta ! ( La besa y se va ). 



NUESTROS HIJOS 



27 



Escena XII 

Mecha — ( Después de un instante de honda cavilación, se 

alza resuelta y llama ). 
Gkiada — Señorita. 

Mecha — Suba al cuarto de Alfredo y dígale al señor 
Enrique que tenga la bondad de Venir. (Mutis de 
la criada — Pausa larga). 

Escena ^¿III 

Eneique — ¿Me llamabas? 
Mecha — Sí : 

Enkique — Espero que no tendremos la función de cos- 
tumbre. 

Mecha — Yo también lo espero. Estás resuelto á irte? 
Enkique — Sí. 

Mecha — A consumar la gran canallada ? . . . 

Eneique — Nuestra situación está desde hace tiempo 
perfectamente definida, de modo que las esce- 
nas á estas alturas, sobran. 

Mecha— Óyeme esta última súplica que no va dirigida 
á tu caballerosidad porque no la tienes, sino 
á lo poco que te resta de hombría de bien. 
Cásate conmigo. Ahorrémosle á mi familia la 
vergüenza que le espera, y yo te prometo no 
hacer uso jamás de mis derechos de esposa, no 
intervenir en tu vida, separarme en el acto 
de ti. 



28 



NUESTROS HIJOS 



Eneique — y yo que gano con eso. Mira. Si estás tan 
en peligro, lo más que puedo ofrecerte es que 
te vengas conmigo á Europa. 

Mecha — Ya no te quiero. Si te quisiera te seguiría al 
fin del mundo, aunque te supiera capaz de la 
ignominia de lanzarme á la vida del arroyo, que 
no otra cosa harías conmigo. 

Eneique - La verdad es que con tan buenos sentimien- 
tos á mi respecto, no resulta muy explicable 
la insistencia en que nos casemos. 

Mecha — Te repito que por la tranquilidad de los míos, 
me resignaría al sacrificio de esta unión nau- 
seante. 

Enrique — Yo te advertí . . . 

Mecha — Cállate. No era por salvarme que me inducías 
al crimen. Era por salvarte tú, tú, tú ! . . . Por- 
que eres cobarde y vil. Tampoco tiene otro 
objeto ese viaje á Europa. Lo has improvisado 
en complicidad con tu respetable familia. 

Eneique — (Severo), i Mercedes ! 

Mecha — Sí, tus cómplices, tus cómplices! Y todavía 
soy suave. Hay palabras más aplicables al 
caso 1 . . . Más justas ! . . . 

Eneique — Mercedes ! . . . Mercedes ! . . . 

Mecha— Basta. Quiero tu última palabra. 

Eneique — La he dicho. 

Mecha — Bien. Fuera de acá! 

Eneique — ( Se encamina á la escalera ). 

Mecha — No. Fuera de esta casa ! . . . A Europa ! Huye 
hoy mismo, cobarde ! Huye. Dentro de un ins- 
tante, todos van á conocer mi vergüenza y tu 



NUESTROS HIJOS 



29 



infamia ! Huye ! Cobarde ! . . . Vil ! Vil ! Vil ! . . . 

( Después que Enrique ha salido, arrebatada, busca 
algo que no encuentra en los muebles, y con un gesto 
de suprema desesperación se lanza á la escalera. A los 
dos ó tres escalones se detiene, vacila y cae ). 

Eseetia XV 

Sk. Díaz — ( Aparece por la lateral, recoje los diarios que ha 
olvidado V al volver la vista, advierte á Mecha y corre 
en su auxilio ). Hija ! Hijita mía 1 ( La alza con 
esfuerzo, la conduce á un diván y le afloja las ropas 
monologando las ternuras del caso. Viendo que no 
vuelve en sí, corre al timbre 3? llama ). 

Sr. Díaz^— ( A la criada ). Agua . . . sales . . . cualquier 
cosa ! Corra usted que la niña está mal ! 

Criada — Ay, Dios mío. ( Mutis para volver en seguida con 
un frasco de sales ). 

Sr. Díaz — Hable por teléfono al médico, y si no está 
llame á la asistencia. Que vengan en seguida. 
( Mutis de la criada — Mecha reacciona lentamente ). 

Mecha — Oh ! Papá ! Papacito ! 

Sr. . DÍAZ — ¿Se siente mejor ? 

Mecha — Oh, sí ! . . . (Lo abraza sollozando ). 

Sr. Díaz — Llore. Eso alivia. 

Mecha — Sí. Alivia ! aUvia ! . . . ( Una pausa ), 

Sr. Díaz — Y como fué eso, hijita ? . . , 

Mecha — ¡ Oh ! Es una Vida que protesta, que clama 
por la verdad ! ( Arranca con violencia ios broches 
del vestido ). Así ! ... Así ! Así ! . . . Gloria mía ! . . 

Sr. Díaz — ¿Qué quieres decir? 



30 



NUESTROS HIJOS 



Mecha — Tú nos defenderás ¿verdad?... A los dos.. 

Sr. Díaz — ¡ Oh ! Pobrecita ! . . . Pobrecita ! . . . Sí . . . sí.. 

Los defenderé ! . . . (Muy conmovido ). Tu hijo ten- 
drá madre ... y tendrá ... un abuelo ! . . . 



Telón 



NUESTROS HIJOS 



31 



C T O II 

Escena I 

Sra. be Díaz — Nada más; doctor ? 

De. X -- No. Está muy bien. Sería conveniente, eso sí, 

evitarle toda violencia moral. 
Sea. de Díaz - Perdóneme, doctor. Ya que ha tenido 

usted que intervenir en este doloroso accidente 

quisiera contar con su ayuda . . . 
Dr. X — Usted dirá. 

Sea. de Díaz — Conoce usted las rarezas de mi marido. 
Ha tomado el caso con una sangre fría alar- 
mante y no hay forma de convencerlo del hun- 
dimiento moral de esta casa. 

Dr. X ~ No es para tanto, señora, no es para tanto ! 

Sea. de Díaz — Nosotros debemos tomar alguna medida. 
Abandonar la ciudad en primer término. 

De. X — Comprendo. 

Sea. de Díaz — De modo que su concurso podrá ser 

decisivo. 
De. X — ¿ En qué sentido ? 



32 



NaESTROS HIJOS 



Sea. de Díaz — Insinuando la conveniencia de un Viajíl 
al campo hasta el restablecimiento de nuestn 
hija. 

Dr. X — Resulta un poco difícil. No es tratamiento indi- 
cado para casos y si el señor Díaz está en lai 
disposición que me indica, se opondrá segura- 
mente á que alejen á su hija de la fuente de 
los recursos. En fm, veremos más adelante. ^ 

Sra. de Díaz — Haga lo posible, doctor ! . . . 

Dr. X — Comprenderá usted que no puedo comprome- 
terme. Adiós, señora. Mi saludo al señor Díaz. 

Sra. de Díaz — Adiós, doctor. 

Escena II 



Laura — Has dado orden á Manuel de que entorne la 

puerta. 
Sra. de Díaz — Sí. 

Laura — ( se sienta cavilosa ). Alfredo no ha venido ano- 
che á dormir. 
Sra. ee Díaz — Lo sé. 

Laura — Sabe Dios en que anda. Ojalá no tengamos 
que llorar más esta desgracia. 

Sra. de Díaz - Pobre Alfredo ! ( Pausa ). 

Laura — Me figuro, esto y viendo como nos devora la 
gente ! La fruición, el gozo con que estará 
saciando el mundo su hambre de escándalo. 
¡ Ah ! A estas horas ya no es Mercedes, soy yo 
también, eres tú, estamos todos en el anfitea- 
tro. Qué vergüenza ! Qué vergüenza ! . . . 



NUESTROS HIJOS 



33 



^BA. DE DÍAZ - No exageres, muchacha. No es tan mala 

la gente ! 
jAUEa — ¿ Que no es mala ? 

Iba. de Díaz — Además, no puede haber circulado tan 
pronto la noticia, 

LiAUBA- Quizá la Verdad no. Pero en Palermo, en las 
iglesias, los clubs, los bars, en todas partes fun- 
ciona ya la desgranadora de chismes. Y ellas, 
las de Alvarez, han sido seguramente las pri- 
meras en tocar la sirena. Lo que es hoy no 
faltan á ninguna parte. Ya las estoy viendo á 
Edelmira, á la hermana, á las muchachas lo 
más satisfechas, lo más orondas en actitud de 
recibir aplausos. Todas ellas son tenorios, han 
seducido á Mercedes ! . . . Y quien sabe si no 
me ha salido sin querer una verdad ! . . . 

Sea. de Díaz - Muchacha ! Cállate ! 

Lauba — iOh! Tenían mucho camote con Mercedes. 
Mecha á almorzar. Mecha al teatro. Mecha á la 
estancia. 

Escena III 

Sr. Díaz — Por qué está cerrada la puerta de la calle ¡ 

Aquí no se ha muerto nadie. 
Sea. de Díaz — Pero Eduardo ! . . . 
Laüea — Cállate, mamá. Lo que debemos hacer es poner 

banderas é iluminar esta noche el frente de la 

casa. 

Se. Díaz — Señorita. Es usted una atrevida ! . . . ( á la 
señora ), ¿ EstuVO el doctor ? 



34 



NUESTROS HIJOS 



Sra. de Díaz — Si. La encuentra repuesta. ¡ Ah ! No he 
entendido muy bien pero me parece que se 
inclinaría á aconsejarnos un viaje. 

Sr. Díaz — Un viaje ? ... No creo. En fin ; ya hablaré 
con él. 

Sea. de Díaz — Sabes algo de Alfredo ? 
Sr. Díaz — No. 

Sra. de Díaz — Temo que le haya pasado algo. 

Sr. Díaz — Ya tendríamos noticia. En fin, todo puede 
suceder. Desgraciadamente, todavía no le hemos 
pagado suficiente tributo á las preocupacio- 
nes ! . . . (A Laura ). Tú, hijita, ¿ la has visto, has 
estado con ella? 

Laura — No, papá ! 

Sr. Díaz — De modo que aislan y abandonan á la que- 
rida hermanita de ayer ? ¿ Qué cosa es el amor, 
entonces ? 

Laura — Todavía no puedo, papá. Sería una violencia 

y un tormento muy grande ! . . . 
Sr. Díaz — Haz un esfuerzo y ve á su lado aunque sea 

para hacerle un reproche. 
Laura — Tengo vergüenza ! . . . 
Sr. Díaz— ¡Oh! 

Laura — Vergüenza de avergonzarla ! . . . 

Sr. Díaz — ( Con ternura ). Hijita ! . . . Ven, Ven acá. Verás 
como se te pasa esa vergüenza. Tengo buena 
mano para arreglar esos conflictos. (Laura cede, 
poniéndose de pie ). Déme el brazo. Nos presenta- 
mos así en su habitación (Se dirigen á la escalera). 
Nos presentamos y yo le digo : Aqní está tu 
hermana que tiene vergüenza de que tu puedas 



NUESTROS HIJOS 



35 



tener vergüenza. Laura! Mercedes !... Y se 
abrazan, lloriquean y quien sabe si el pobre 
papá no saca de su ternura alguna lágrima 
para celebrar el espectáculo. Talvez no me 
haya olvidado de llorar ! . . . ( Mutis ). 

Escena IV 

Panchita - ( Desolada ). Jorgelina ! Jorgelina 1 ( La abraza 
con efusión un tanto cómica). Vengo consternada! 
consternada!... Qué cosa tan horrible, her- 
mana ! . . . 

Se. de Díaz — ( Con gesto de circunstancias ). Así es Pan- 
cha, así es ! . . . 

Panchita — Como estarán en aquella casa! Qué golpe 
para Jorgita ! Se lo venía diciendo en el camino 
á Ernesta. ¿Verdad, Ernesta? Figúrate que 
nada sabíamos, que íbamos á saber, metidas en 
la quinta como lo pasamos toda la vida, cuando 
esta mañana salíamos para la capilla donde nos 
toca la guardia del Santísimo y ¿ con quien nos 
habíamos de encontrar? Con Eduarda García 
y las muchachas que iban á Palermo y detienen 
el coche. Pan chita ¿ sabe usted si se han batido? 
¿ Quiénes ? Pero en qué mundo viven ? Alfredo, 
su sobrino, con Enrique ! ¿ Por qué ? ... Y me 
contaron que Enrique se negaba á casarse des- 
pués de . . . en fin, la verdad. Espero que no 
me habrán engañado ! Tomamos un coche y sin 
respirar nos hemos venido hasta aquí. Cómo 
estarás, hijita, cómo estarás ! . . . 



36 NUESTROS HIJOS 

Sra. de Díaz — Abrumada ! 
Panchita — Saben algo de Alfredo. 
Sea. de Díaz — Nada. Imagínate mi inquietud. Es cierto 
lo del duelo? 

Panchita — Ciertísimo. En unas condiciones terribles, á 
pistola á cinco pasos, que sé yo! Y claro está 
en estos casos que menos ! . . . ¡ Ah ! Te advierto 
que las de García también están consterna- 
das ! . . . No llores, no te aflijas, mujer! . . . 

Sea. de Díaz — El pobre Alfredo ! . . ! 

Panchita— Quizás no le haya sucedido nada. El 
muchacho tira muy bien. Cálmate. 

Sea. de Díaz — Esta incertidumbre ! La imposibilidad 
de averiguar . . , 

Panchita — Alfredo se vendrá en seguida. Pero quien 
iba á pensar que Mercedes . . . 

Eenesta — ¡ Oh, yo sí ! . . . Con la educación que reci- 
ben las muchachas de hoy es preciso esperarlo 
todo. Y esa Mercedes nunca me gustó nada. 
Por algo no hacíamos buenas migas ! . . . 

Panchita — No seas injusta, Ernesta. Nuestra sobrina ha 
tenido muy buena moral y muy buenos ejem- 
plos. 

Eenesta — Se inclinaba más al padre y ha salido tilinga 
como él. 

Panchita — Y el filósofo ¿ qué dice ? Sigue viviendo en 
la luna? 

Sea. de Díaz — Está muy satisfecho. 
Eenesta — ¿ Han visto ? Lo que yo decía. 
Panchita — Supongo que habrán tomado ya alguna 
determinación. 



NUESTROS HIJOS 



37 



Sba. de Díaz — Ninguna. No nos hemos repuesto aún. 
Después . . . Alfredo que no aparece, por un 
lado y la conducta de Eduardo por otro me 
tienen en una situación que . . . francamente, no 
sé que pensar ni que hacer. 

Panchita — Qué pretende Eduardo? 

Sea. de Bíá^z — La ampara y quiere que las cosas conti- 
núen como si nada hubiera pasado. 

Panchita — Eso es absurdo. Ustedes no deben dejarse 
sacrificar. Por la falta de esa . . . loquilla no 
van á renunciar á su Vida. No es el primer 
caso de una familia á quien le cae semejante 
desgracia encima. Se elimina la mala semilla y 
asunto concluido. Mira, yo tengo mucha influen- 
cia con la superiora del refugio de Santa Mag- 
dalena. Allí lo pasaría muy bien. 

Sea. de Díaz — Eso será muy difícil. Eduardo no lo 
consentirá. 

Panchita — Con qué derecho podría impedirlo? Hijita, 

debes imponer tu autoridad. 
Sea. de Díaz — ¿ Yo ? . . . Si supieras como estoy. Hasta 

se me ocurre que sería mejor hacerle el gusto 

á Eduardo y dejar las cosas así. 
Panchita — Qué temeridad ! 

Sea. de Díaz — No sé lo que me pasa. Tengo miedo. 
Panchita — ¿De qué? 

Sea de Díaz — No sé . . . de un escándalo. Eduardo 
está muy raro, enigmático conmigo. Casi ame- 
nazador. Quien sabe á que extremos puede 
llevarlo su estado de ánimo. (Aparecen Laura y 
Mecha por la escalera ). 



38 



NUESTROS HIJOS 



Panchita — Fíjense, en la muy desfachatada. Pues no¡ 
tiene coraje de presentarse ante nosotros ! i 
Sra. ee Díaz —- Déjenla. Nada le digan. 

Eseena V 

Latjea — Ustedes por acá ? Como estás, Panchita. 
Ernesta ! . . . 

Mecha — ( Hace ademán de volverse pero reacciona y va á 
sentarse en cualquier parte sin saludar. Pausa embara- 
zosa y prolongada matizada con algunos ¡ Ejem ! ejem l 
de las viejas ). 

Laura — ( observa todos los rostros y se alza irritada ). Uff 1^^ 

Lúgubres! (Nueva pausa). M 
Panchita — ( Previo un suspiro ). Pobre Alfredo ! ^ 
Mecha — ( Como movida por un resorte ). Qué le pasa á 

Alfredo ? Qué ha sucedido ? Respondan ! . . . 

Hablen que me exasperan con esas caras de 

tragedia ! 

Panchita — Nada sabemos. El duelo debe estar reah- 

zándose l Creo que después de lo que has hecho 

has debido esperar . . . 
Mecha — Un duelo? Dios mío! Simple de mí ! He debido 

suponerlo . . . Pero papá estaba tan tranquilo . . . 

Yo lo habría evitado ! Sí, sí, sí ! Lo habría 

evitado. ¡ Oh ! Qué angustia ! . . . 
Panchita Ya ves que no se comete impunemente 

una liviandad! Fíjate en tu madre, cómo está 

de atribulada. En nosotras ! ¡ Ah ! Muchacha ! 

Tendrás que sufrir mucho, mucho y no habrás 



NUESTROS HIJOS 



39 



compensado todavía las lágrimas que has hecho 
derramar. 

Mecha — Sí, sí! Tienen razón!... Tendré que sufrir 
mucho ! . . . 

Panohita ^ Nosotras comprendemos que ese sinver- 
güenza, ha abusado de ti ... lo comprendemos. 
Pero tú has debido cuidarte un poco más; al 
fm y al cabo no eras tan criatura y no te han 
faltado ejemplos de moral y de juicio. 

Mecha -No me digan más. Tienen razón! Tienen 
razón ! . . . 

Eenesta - Bueno fuera que no la tuviéramos. 

Panchita- Naturalmente que á estas alturas el mal no 
tiene remedio ! ... No hay más que resignarse, 
pues, á sufrir la penitencia ¿ Qué piensas hacer, 
muchacha ? 

Mecha -Yo no sé. Qué quiere que sepa yo!... Llorar!... 

Llorar tanta desgracia 1 . . . 
Panohita -Mira: acabo de decirle á tu madre que 
tengo mucha influencia con la superiora del 
refugio de Santa Magdalena. No te supongo 
una descarada que pretendas desafiar al mundo 
exhibiendo tu oprobio. Acudes, pues, á esa santa 
casa, tienes tu hijo, lo conservas si quieres y 
con el tiempo, llevando una vida ejemplar, no 
será difícil que consigas el olvido ó el perdón 
de las gentes. Nosotros te visitaríamos con fre- 
cuencia ... 

Mecha - Basta ! . . . Eso, nunca ! . . . Primero me mato ! . . 

Sea. de Díaz — Hija, no pienses locuras. 

Panchita muy bonito es resolver las cosas así. ¿Que 



40 



NUESTROS HIJOS 



pretendes? Continuar en esta casa avergon- 
zando á los tuyos ? 
Mecha — No habré borrado los hechos con irme á otra 
parte. Lo mismo los avergonzaría desde un con- 
vento. 

Panchita — Estás muy ofuscada, muchacha. 

Eekesta — Yo creo que no hay que andar con tanto 
cumplimiento. Se la recluye y se acabó. 

Mecha - ¡ Oh ! . . . El esperpento ! . . . 

Panchita — Cállate, Ernesta ! . . . No te alteres, Merce- 
des; escucha. Tú no te das cuenta exacta de tu 
situación y quieres arrastrar á todos en tu 
caída. Si no te resignas á un retiro expiatorio 
¿ qué va á ser de los tuyos ? Esta casa tendrá 
que cerrar sus puertas para el mundo. Sacrifi- 
car á tu madre obligándola á romper sus viejas 
amistades, sacrificar, y esto es lo peor, á Lau- 
rita. 

Mecha — ¡ A Laura ! 

Panchita — Sí. Crees que la pobrecita, tan buena, tan 
juiciosa va á encontrar con quien casarse. Ani- 
quilas su porvenir. Aniquilas también el porve- 
nir de Alfredo porque nadie querrá vincularse 
á una familia tan vergonzosamente manchada. 
No te remuerde la conciencia ? 

Mecha — (Presa de una nueva crisis de lágrimas ). Oh! Sí!.. 
Cuanta víctima ! . . . Dispongan de mí ! Haré lo 
que se me indique. 

Panchita — Has visto Jorja, como se resuelven pronto 
las cosas ! . . . ¡ Ay. El filósofo ! . . ! 



I 



NUESTROvS HIJOS 



41 



Escena VI 

Sr. Díaz — Con que ustedes ¿ eh?.. . ( Advirtiendo á Mecha ) 
Hija, ¿ por qué llora ? . . . ¡ Oh, naturalmente ! Los 
buitres ! Han venido al olor de la carniza fresca! 
¿ Qué le han hecho, hija ? 

Panchita — Nada, en comparación con lo que merece. 

Sr. Díaz — y con qué derecho intervienen en los asun- 
tos de esta casa? 

PANCHiTA-Pues no faltaba más! Con e! derecho de 
nuestro parentesco y de nuestro juicio ! 

Sr. DÍAz-Jorgelina, tú no has debido permitirles!... 

Mecha — Papá. Nada me hacían, son mis nervios! 

Sr Díaz -¡Oh, las conozco!... Señoras mías, en esta 
casa están de más los elementos de perturba- 
ción. 

Sra. de Díaz — ¡ Eduardo 1 

Panchita — Que te parece. Jorja ? 

Ernesta — Los locos también sobran. 

Sr. Díaz — Sí, señora; también sobran. 

Mecha - Papá, no te alteres. 

Sr. Díaz — Vuelvo á hacer uso de mi autoridad. 

Ernesta — Vámonos. 

Sra. de Díaz -No es para tanto. Eduardo, no quiso 
decir eso. 

Sr. Díaz -Te equivocas. He querido decirlo. Que se 
vayan ! 

Panchita - Ay, pobre Jorja. La que te espera con seme- 
jante loco. 



42 



NUESTROS HIJOS 



Eenesta- Cuenta con nosotros siempre. (Se despiden y 

hacen un mutis trágico ), 

Se. Díaz — Con buen viento' ^ q= „ 

viento . ( Se pasea nervioso ). Ha 

gentes que le hacen perder la -compostura al 
más paciente 



Escena Vil 

Sea. be Díaz -Eduardo, te he dejado hacer pero te 
advierto que no debiste . . . M 
Se. Díaz — Sí, debí ... fl 
Sra. de Díaz — Son mis hermanas. ■ 
Se. Díaz - Aunque fueran las mías. Venían á perturbad 
Y estoy dispuesto á mantener á toda costa la 
paz y la tranquilidad de esta casa. Unas bea'tas 
desalmadas que se han acercado con el exclu- 
sivo propósito de torturará esta - criatura Tú 
no debiste consentir que le dijeran una sola 
palabra, que le hicieran un solo reproche ' 
Sea, de Díaz - Eduardo. Voy á creer que el pertur- 
bado eres tú. No, no. Las cosas tienen su otra 
faz. Eres muy dueño de amparar y perdonar á 
tu hija, pero no todos participan de tus ideas 
y hay que respetar eí derecho de los demás 
bE. Díaz — Explícate. No te entiendo 
Mecha -¡Oh! Ahora van á reñir por mí. Basta No 
quiero, no puedo soportar más. Papá, atién- 
deme. Yo tengo una solución. 
Se. Díaz — (Apartándola). Explícate. Habla 
Sea. de Díaz -No me mires con ese ai're de desafío. 
Yo no te provoco. 



NUESTROS HIJOS 



43 



Sb. Díaz — Completa tu pensamiento. Es justo. 

Sea. de Díaz — Bien. Quería decirte que te pasas á la 
otra alforja. Al fin y al cabo la muchacha no 
ha hecho nada que merezca glorificación y quien 
se cree con tanta autoridad como tú, puede 
pensar de diverso modo y reprocharle su falta. 

Sr. Díaz — Tú, Jorgelina ! . . . 

Sra. de Díaz — Sí : Yo. 

Mecha -Papito, papito. Basta, por Dios! Cálmate. No 
riñan. Sería una pena mayor para mí. Un dolor 
muy grande. 

Sb. Díaz — Tú!... Haz la prueba. Arrójale la primera 
piedra 1 . . . 

Sba. de Díaz - Qué significa eso ? Oh ! Ahora exijo yo 
que te expliques ! 

Sb. DÍAZ -(Dominándose). No. No significa nada. Dis- 
pénsame. Estoy conturbado. Soy un enfermo-ya 
lo saben. Me siento irritable y pierdo fácilmente 
la cabeza. Quiero tanto á esta hija, que me pa- 
rece que la ofenden á cada palabra — Perdón. 
Seamos buenos, ( Aparece Alfredo ). 



Escena VlII 

Sba. de Díaz — Alfredo 1 . . . Hijo mío ! . . . (Lo abraza )« 
¿ No vienes herido ? Nada te ha pasado. ¿ ver- 
dad? ¡Oh! Me tienes en una angustia tan 
grande ! . . . ¿Te batiste ? 

Alebedo — Sí. 

Sra . DE DÍAZ — Qué temeridad, muchacho ! 



44 



NUESTROS HIJOS 



ALFBEDo-¿Qué querían? Que me quedara tan frese 
Sea. de Díaz — ¿ Y ? . . . 
Alfeedo — Nada, desgraciadamente. 
Se. Díaz — Felizmente. 
Alfeedo — ¿ Por qué ? 

Se. Díaz - Hombre ! ... Si el honor es un acreedor tan 
complaciente que se conforma — páguenle ó no 
le paguen su crédito de sangre — vale más que 
no lo haya cobrado. 

Alfeedo — Estás de buen humor ¿ eh ? 

Se. Díaz — Ya lo ves. 

Alfeedo - Bien. Yo necesito descansar. No estoy para 
nadie antes de las tres. 

Sea. de Díaz Si, hijo mío. Yo te acompañaré á tu 
cuarto. 

Mecha — Alfredo ! . . . 

Alfeedo — ( Volviéndose ). Qué quieres ? 

Mecha - Me perdonas la mortificación que te he cau- 
sado. 

Alfeedo — Ahora vienen las súplicas. No — No te per- 
dono. No carecías de experiencia para haber 
perdido el dominio de ti misma. 

Mecha — i Oh ! Dios mío ! . . . 

Se. Díaz — Alfredo! Aunque te hayas batido en duelo, 

lo que haces no es caballeresco. 
Alfeedo — Y lo que haces tú, no es decoroso. 
Sea. de Díaz - Vamos, hijo. ( Mutis de ambos ). 



NUESTROS HIJOS 



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Escena IX 

Sr. Díaz — Venga, hijita. Apóyese en mí. La lucha será 
muy cruel. Pero venceremos. No tienen armas 
para las escaramuzas. Venceremos. 

Mecha — No puedo, papá, no pnedo luchar ya! Me 
siento cada Vez más debilitada. Déjame. 

Sr. Díaz — Dejarte sería abandonarlo. ¿ No decías que 
era tu gloria? 

Mecha — Escúchame. Voy á hablarte con toda sereni- 
dad. Antiyer, cuando exponías tu evangelio del 
respeto á la maternidad, yo, que había pen- 
sado, mas que estaba resuelta á solucionar mi 
conflicto con un doble crimen . . . 

Sr. Díaz — No. Cuidado con pensar semejante cosa ! 

Mecha — Ya pasó. Yo . . . experimenté al oirte un alivio 
tan grande, me sentí tan consolada que como 
por encanto desaparecieron de mi mente las 
ideas lúgubres. No sabía bien quien eras. Tenía 
por tus ideas y por tus modalidades el mayor 
respeto, eso sí, pero no acababa de entender- 
las. Aun después de haberlas comprendido, 
hube de hacer la barbaridad. Me salvó el vahido 
y me salvó tu intervención providencial. Luego 
acepté tu programa de lucha, pero acabo de 
convencerme de que es imposible, irrealizable 
y más que todo superior á mis fuerzas físicas 
y morales. Estamos revolucionando todo. Con 
la bandera de paz y bienestar sembramos la 
guerra. 



NUESTROS HIJOS M 

Se. Díaz — Nada ! Seguro que las ideas de esas brujas 
que acaban de salir . . . 

Mecha — No quiero sacrificar la tranquilidad de los 
nuestros. Tú has perdido tu reposo ; ellos, su 
bienestar, el bienestar futuro. Yo soy y seré 
siempre, semilla de discordias, piedra de escán- 
dalo. 

Sb. Díaz — Cuestión de días nada más. Se habituarán ! 

Mecha — Luego... Mi vergüenza, la humillación de 
todos los instantes y sobre todo, el remordi- 
miento de haber causado tanto daño y tanta 
desazón. Consiente en que me elimine! Hay 
casas muy buenas de reclusión . . 

Sr. Díaz — Renuncias á tu gloria ? 

Mecha — No renuncio. Nunca ! Dejo de ser estorbo y 
factor de discordia y me dedico á mi hijito. Tú 
irás á verlo, lo educaremos como tú quieras y 
yo habré conseguido llenar mi misión sin sacri- 
ficar para ello la felicidad de los demás. 

Se. Díaz — Eres muy buena criatura! 

Mecha — Mira, papito ... 

Se. Díaz — No insistas. No lo consentiré jamás. Tú y tu 
hijo se deben á mí, están á mi cargo. Soy tu 
asilo. Si no vencemos, nos retiraremos con 
todos los honores al refugio que sabré prepa- 
rarte. Tu sacrificio, tu renunciamiento? Que 
renuncien ellos ! 



NUESTROS HIJOS 



47 



Escena X 

Oriado — La señora de Alvarez. He dicho que los seno- 
res no están en casa pero insiste tanto . . . 
Mecha — Ella ! . . . 
Sb. Díaz — Hágala pasar. 

Mecha — (Con evidente disgusto). Qmzá sea la solución... 
Sr. Díaz — Váyase, hija. Déjeme. 

Mecha — Papito ; si por casualidad — puesto que es tan 
extraña su venida — se tratara de . . . 

Sr. Díaz — Déjeme. Yo sé lo que debo hacer. ( Mecha 
hace mutis ). 

Eseena XI 

Sra. de Alvarez — Le parecerá extraña, Eduardo, esta 
visita. No era destinada á usted, pero ya que 
lo encuentro significa lo mismo mis propósitos. 

Sr. Díaz — Tome usted asiento, Edelmira. 

Sra. de Alvarez — Habrá adivinado el motivo que me 
trae. 

Se. Díaz - No, señora. 

Sra. de Alvarez — Por favor, señor. Podríamos supri- 
mir asperezas. Le aseguro que después de 
oirme será usted más benévolo. 

Sr. Díaz — La escucho, Edelmira. 

Sra. de Alvaiíez — Empezaré por decirle que si á uste- 
des les ha tomado de sorpresa esta catástrofe, 
la sorpresa nuestra ha sido igualmente grande. 



NUESTROS HIJOS 

Sr. Díaz — Le aseguro que no ha tenido necesidad de 
decirlo. 

Sea. de Alvarez — Muchas gracias. Quien iba á decir- 
nos cuando discutíamos tan inocentemente sobre 
el tópico, que en cuestión de horas iba á presen- 
tarse un caso á prueba. 

Se. Díaz — Efectivamente. 

Sra. de Alvarez — Acabo de hablar con mi hijo. Regre- 
saba del duelo con Alfredo. Dios ha querido 
que no ocurriera ninguna desgracia mayor. Los 
muchachos no se han reconciliado pero no se 
olvida así no más una amistad de infancia. 
Enrique volvió afectadísimo y así que pudimos 
interrogarlo nos confesó la verdad con toda 
hombría. Está arrepentido de su botaratada y 
honestamente dispuesto á reparar el agravio 
que les ha hecho. Créame, Eduardo. Todo ha 
sido una muchachada. Su viaje á Europa, que pro- 
vocó la catástrofe, era cierto — puedo hacerle 
ver la carta del padre. 

Sr. Díaz — Creo que podría haber pensado un poco 
antes en reparar su . . . eso, su agravio. 

Sra. de Alvarez - Tiene razón. Resulta casi imperdo- 
nable. 

Sr. Díaz — No, no haga un reproche. Pienso que es 
mejor que las cosas hayan pasado tal cual han 
ocurrido. 

Sra. de Alvarez — No soy de esa opinión. Enrique ha| 

podido ser más decente. 
Sr. Díaz — No se habría conseguido otra cosa que la 

infelicidad de los dos. 



NUESTROS HIJOS 



49 



3ra. de Alvarez — Qué quiere usted decir, Eduardo ? 
én. DÍAZ — Que no se quieren, que no se han querido 
nunca. 

Sba. de Alvarez — Conozco los sentimientos de Enri- 
que y . . . 

3b. Díaz — Tenga usted la seguridad de que se los ha 
disimulado. De otro modo le habría ahorrado á 
la pobre muchacha las angustias de una incer- 
tidumbre de meses ya que no pudieron ambos 
dominar el estallido del instinto. En cuanto á 
ella puedo afirmarle que no siente la menor 
inclinación afectiva por su hijo, por más que 
estuviera dispuesta á someterse á un yugo que 
le pasaría toda la vida. 

Sra. de Alvarez — Es muy extraño lo que usted dice. 
Quisiera hablar con Jorgelina. 

Sr. Díaz — Puede hacerlo si gusta y la autorizo hasta 

I dudar de mis facultades mentales pero le advierto 

que los destinos de Mercedes están en mis 
manos y que no la entregaré jamás, por ningún 
precio, al sacrificio de una unión que no resuelve 
ningún punto de honor y, sobre todo, que la con- 
dena á una servidumbre odiosa y deprimente por 
toda su existencia. Sabiendo esto puede Vd. 
verse con Jorgelina y apreciar mi actitud con- 
forme á su criterio, que mucho respeto por cierto. 

Sea. de Alvarez — Es la primera Vez que oigo hablar 
así, Eduardo. No le sospechaba semejantes 
ideas. ¿No cree Vd. en la sinceridad de este 
paso que damos ? 

Sb. Díaz — No la pongo en duda. 



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NUESTROS HIJOS 



Sea. de Alvakez — Entonces... (Poniéndose de pie)j 
sólo tengo que lamentar que este deplorablei 
episodio venga á cortar nuestra vieja y afec- 
tuosa amistad. ; 

Se. Díaz — Por lo que á mi respecta, Edelmira, puedo 
asegurarle que permanece invariable ... Y que 
conservo su palabra de continuar en cualquier 
circunstancia aquella discusión sobre . . . nuestros 
hijos naturales. ^ 

Sea. de Alvaeez — Adiós, Eduardo. 

Se. Díaz — Adiós, Edelmira. 

Escena XII 

Mecha — Papá. Nada he podido oir. ¿ A qué venía ? 
Se. Díaz — Dime, hija ... ¿ Tú lo querías ? 
Mecha — Antes, tal vez. 

Se. Díaz — De veras, de veras ... Tú no lo quieres ? 
Mecha — No. 

Se. Díaz — Entonces, hija, dame las gracias. Te he 
salvado ! 



( Telón ) 



NUESTROS HIJOS 



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ACTO III 

Bft la biblioteca del señoit Díaz — Diaitios pov todas 
paftes. HG las estaíiteitías del fícente tfes ó 
cuatíío filas de 3í<andes libfos. 

Escena I 

Sr. Díaz — ( Apareciendo con el Doctor ) Mi doctor, será 
Vd. el primer profano que viole los misterios 
del santuario. Parece esto una redacción de diario 
¿ verdad ? 

DocTOE — Efectivamente. 

¡Sr. Díaz — Pues aquí me he pasado los últimos cuatro 
años. Es decir, aquí no. Vivía más arriba pero 
me mudé ayer para ahorrarle á mi secretario, á 
Mercedes, el trabajo de subir escaleras. Mire 
Vd. la tarea en que me sorprendió este acon- 
tecimiento íntimo, — original coincidencia — Vea 
( Señalando un grueso libro de recortes que está sobre 
la mesa ). « Natalidad ilegítima » — Nuestros hijos 
naturales » — « Ocultación de la maternidad » — 
« Infanticidios » Es copiosa la documentación. 



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NUESTROS HIJOS 



DocTOB — Desde qué punto de vista y con qué criterio 

procede á la selección de sus documentos? 
Sr. Díaz — Sería un poco engorrosa la explicación. Un 
caso práctico. Tomo un diario cualquiera, éste. 
Veamos. ( Ojeándolo ) « Vida social » . . . « Tea- 
tros» . . . « Policía » . . . ¡ Ah . . . ja ! Buscaremos la 
noticia que nos convenga. Aquí está. « ¿ Infanti- 
cidio ? » Este título nunca falta en la crónica po- 
licial ... Es un horror. ( Leyendo ) « En la mañana 
de ayer el conductor de un carro de limpieza 
pública, Fulano de tal, al volcar un cajón de 

basura en tal parte etc halló el cadáver de 

una criatura del sexo femenino horrorosamente 
despedazado ». Pues esto Va á una sección pu- 
ramente estadística que llamo el osario infan- 
til. Si la policía — cosa que rara vez ocurre — 
averigua el probable crimen, yo que tengo 
clasificadas las posibles causas de la ocultación 
de la maternidad corto la noticia y la pego 
debidamente anotada en la sección que le co- 
rresponda. Ejemplo al azar de una anotación. 
( Leyendo ) « Existe una ley que prohibe la ma- 
tanza de las vacas para que no se extinga 
nuestra riqueza ganadera. La disciplina social 
ordena la anulación de las madres y la matanza 
de los hijos ó la matanza de ambos ó la anu- 
lación de ambos ». 
Doctor — Pero, señor: Las estadísticas que son cada 
día más completas, ¿no le ahorrarían tanto tra- 
bajo ? Los criminalistas y los sociólogos se basan 
en ella para sus estudios y conclusiones. 



NUESTROS HIJOS 



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jÍB DÍAZ — Allí los tengo. He leído mucho. No los tomo 
mayormente en cuenta. Mi obra no será de es- 
peculación científica. Quiero ofrecerle á la hu- 
manidad un espejo en que vea reflejadas sus 
pasiones, su miseria, sus Vicios. Esto hacemos, 
estos son nuestros crímenes, y por esto y esto 
nos estamos despedazando. 

Doctor — Un libro sentimental. 

3r. Díaz — Sí, sentimental si Vd. quiere. Un toque de 
somatén á la clemencia universal. He probado 
en mí mismo la bondad de mi futura obra, de 
mi monumental « Enciclopedia del dolor humano». 
Durante estos cuatro anos de lectura razonada 
y analítica de mis crónicas policiales he ido ex- 
perimentando la alegría de una renovación de 
mi ser moral y si no me considero del todo 
purificado estoy depurado de prejuicios, y siento 
desbordarse en mi espíritu la tolerancia y la 
piedad por mis semejantes. 
Doctor — Qué original ! Qué curioso ! . . . 
Sr. Díaz — ¡ Oh ! Espero, mi doctor, que no me juzgue 
Vd. con el criterio Vulgar que me atribuye una 
chifladura sentimental. 
Doctor — ¡ Oh. No ! . . . No, señor ! . . . 
Sr. Díaz — Y supongo también que no habrá provocado 
esta entrevista con el objeto de estudiar el 
estado de mis facultades mentales. 
Doctor — Le aseguro, señor, que no. He obrado por mis 

cabales y sin propósitos preconcebidos. 
Sr. Díaz — Porque hay gentes capaces de todo, amigo 
mío. Nada de extraño tendría, por ejemplo, que 



NUESTROS HIJOS 

mañana mis deudos intentaran hacerme recluir 
por loco. 

DocTOE-No lo creo. De ningún modo. 

Se. Díaz — ( Paseándose un tanto nervioso ) Sí ! . . . Sí ! . 

Locura ! . . . Locura ! . . . Es tan raro ... tan ex- 
traño ... tan anormal que un hombre se siental 
bueno ... que un hombre tenga amor por sus 
semejantes ... que un hombre se emancipe de 
la tiranía de los prejuicios ... que no hay más 
remedio que declararlo loco. Loco ! . . . Loco ! . . . 
( e?¿altándose ) Los locos son ellos . . . Ellos ! . . . 
Locos trágicos . . . Locos que se mutilan, que se 
envenenan, que se desgarran ! . . . 
DocTOE-No se exalte, señor Díaz. Puedo asegurarle, 

que nos hacen falta muchos locos como Vd. 
Se. DÍAZ — Muchas gracias. Disimule mi Vehemencia. Se 
me ocurrió que bien podría antojárseles á los 
míos atribuir mis actos á insania mental. Pero 
no ha de suceder. ( Pausa ) Dígame, doctor. En 
cuentra bien, muy bien á mi hijita. .| ^ 

DocTOE — Su estado no puede ser más favorable, tan- 
que mi asistencia resulta del todo inoficiosa. 
Se. DÍAZ — ¡ Quien sabe si no la esperan mayores contra 
riedades ! . . . 

DocTOE - No tendrían razón de ser. En todo caso su- 
pongo que nada podría ocurrir que le acarreara 
perturbaciones peligrosas. 



En^ 

1 



NUESTROS HIJOS 



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Esceíia II 

Mekcedes — ¡ Ah ! Perdón. 

Se Díaz - Adelante, hija. No hablamos nada reservado. 

DocTOE-Ypor otra parte, le he robado ya mucho 
tiempo ai señor Díaz. 

Meecedes- ¿No se lo habrá robado él á sus enfermos? 

DocTOE- Adiós, señor ( a Mercedes ). A usted no la vol- 
veré á ver. . . 

Mercedes -En calidad de médico creo entender. 

DocTOE — Por supuesto. Adiós. 

Se. Díaz - Sabes donde estará aquel cuaderno con los 
apuntes sobre la dehncuencia precoz? 

Mecha-A ver... á ver... Aquí está. ¿Para qué lo 
quieres ? 

Se. Díaz — La otra mañana cuando discutía con tu 
ex - futura suegra, se me quedaron muchas cosas 
por decirle con respecto á los institutos del Pa- 
tronato, y entre ellas la constatación de que la 
mayoría de los niños delincuentes se han edu- 
cado y han recibido la protección de aquellos 
asilos. Y pienso darles una broma pesada man- 
dando un resumen de mis estadísticas á la so- 
ciedad «Pro infancia desvalida». 

Mecha — Lo harás después. Ahora tenemos que hablar. 
El comité está reunido en sesión plena. 

Se. Díaz — i Ah, sí ! 

Mecha -Como lo oyes. Parece que tratan gravísimos 
asuntos. 



56 



NUESTROS HIJOS 



Se. DÍAZ -Me alegro mucho. Al fin se resolverán ¿ 
adoptar una actitud de paz ó de guerra. 

Mecha -Ha de ser de guerra. Encuentro á mamá hos- 
tilísima, Laura está llena de morios y en cuanto, 
á Alfredo me acaba de maltratar. 

Se. Díaz — ¡ Cómo ! Se ha atrevido . . 

Mecha - No. De palabra no más. No me hieren sus inju- 
rias. Se está operando un cambio tan grande 
en mí que empiezo á creer que no tardarán en 
serme indiferentes. Todos, empezando por mamá. 
Comienzo á darme cuenta de la inanidad de 
los sentimientos cimentados en una simple con- 
vivencia. 

Se. Díaz — Bravo, hijita. 

Mecha - Me hubiera explicado que en el primer momento, 
al conocer mi falta descargaran sobre mí todas 
las violencias de su indignación, pero después 
han debido reaccionar ante lo irremediable y 
reintegrarme en su afecto. Mi cariño por ellos 
me obligaba ayer á ofrecerles un acto de desa- 
gravio recluyéndome en una casa de correc- 
ción, pero el cariño de ellos ni siquiera los ha 
inducido al perdón. 

Se. Díaz- a ese respecto tal vez prejuzgues un poquito. 
Debes comprender que todavía no se han 
repuesto déla sorpresa y que nuestra actitud 
debe haber llevado un poco de confusión á esos 
espíritus habituados á las soluciones hechas. 

Mecha -Podría haber notado ya algunos síntomas de 
reacción. Pero sucede lo contrario. A mamá la 
veo convertida en un monumento de dignidad 



NUESTROS HIJOS 



57 



social agraviada, con una rigidez académica que 
en otras circunstancias me haría cosquillas, 
Laura con todas sus apariencias de tilinguita 
inofensiva está siempre erizada como un puerco- 
espín y nada digo del otro posesionado como está 
de su papel de dogo guardián del honor de la 
familia que ya ha ladrado fuerte. 
Sr. Díaz — Veo que empiezas á irritarte. Eso ofusca, 
hija mía. 

Mecha — Sí. A sentirme incomodada. De manera sería 
conveniente apresurar la solución del conflicto. 
Necesito tranquilidad y reposo completos. Ya 
sabes que no me pertenezco. 

Sr. Díaz — Nervios ! Nervios ! 

Mecha — Serán los nervios. Hay que calmarlos enton- 
ces. Tú me has ofrecido un asilo. Llévame 
cuanto antes, cuanto antes!... Desde allí pode- 
mos continuar la batalla. Te quedas tú si quie- 
res. Yo voy tomándole miedo á la cara del ene- 
migo. Llévame. 

Sr. Díaz — ¡ Ay, ay, ay ! Con qué sobresaltos y capri- 
chos !. . . Esto es muy sintomático. Ven acá. Dame 
un beso. Así. Bravo por la madrecita ! 

Mecha — No vayas á pensar que esto es accidental y 
momentáneo. 

Sr. Díaz — No, no, no. De ningún modo ! 

Mecha — Te burlas? 

Sr. Díaz — Me has puesto de buen humor, hija. Te ase- 
guro que tenía una luna!... Bien. Voy á ver 
como andan las cosas en el hall . . . Mucho 
juicio ¿ eh ? 



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NUESTROS HIJOS 



lEseena III 

Alfkedo — ¿Vas á salir? 
Sk. Díaz — No. 

Alfeedo — Deseo hablar contigo. 
Se. Díaz — Ordena. 

Alfeedo — Quieres dejarnos solos, Mercedes ? 

Se. Díaz — Es un secreto ? 

Alfeedo — No. Pero no hacen falta testigos. 

Se. Díaz — ( a Mercedes que hace mutis). Hija; no te Va- 
yas lejos porque este muchacho trae una cara 
muy siniestra y puedo necesitar tu auxilio... 
Siéntate. ¿ Pendón de paz ó pendón de guerra. 

Alfeedo — Depende de ti. 

Se. Díaz — Entonces me tranquilizo. 

Alfeedo — Tenemos que hablar muy formalmente. Yo 
te he respetado siempre, he seguido tus consejos, 
he aceptado tus ideas subordinando las mías 
muchas veces á la autoridad paterna. 

Se. Díaz — Puedes ahorrarte preámbulos. Al grano 

Alfeedo — Hace cuatro años hiciste abandono de tu 
familia. . . 

Se. Díaz — No es exacto. 

Alfeedo Sí. Sin causa aparente renunciaste á parti- 
cipar de nuestra vida. Decías que tu misión 
había terminado en este hogar. 

Se. Díaz — Etc Etc.. 

Alfeedo — Ahora te vuelves á nosotros. A qué? Qué 

quieres? Qué pretendes? 
Se. DÍAZ — Nada. Mientras no hice falta me mantuve 



NUESTROS HIJOS 



59 



eliminado. Me presento ahora porque mi auto- 
ridad y mi asistencia son necesarias en esta 
casa. 

Alfredo — Pueden saberse los motivos reales de tu 
alejamiento ? Porque el pretexto es trivial y no 
convence á nadie. 

Se. Díaz — No hay tal pretexto. 

Alfredo — Bien, entonces los diré yo : tú te fuiste en- 
fermo ; un desequilibrio nervioso, cualquier cosa, 
y allá en la mansarda te has dejado rumiar por 
tu mal durante cuatro años... 

Sr. Díaz — Claro está ! Y ahora Vengo loco á armar 
una revolución en mi hogar. Pregúntale al doc- 
tor Pérez si no acabo de decirle hace diez minu- 
tos, que ustedes iban á dudar de mis facultades 
mentales. Pregúntale. 

Alfredo — Tus actos no revelan otra cosa. 

Sr. Díaz - Vamos por parte. Cuales son esos actos. 

Alfredo — Lo que has hecho ayer negándote á acep- 
tar la reparación que mandó ofrecer Enrique, 
lo que has hecho esta mañana sacando en nues- 
tro coche á esa pobre muchacha — en el coche 
de la familia, á exhibir su impudor en Palermo 
y por las calles más concurridas, desafiando y 
provocando á la sociedad agraviada por su 
falta. Eso acusa más que falta de sensatez dese- 
quilibrio mental. 

Sr. Díaz — En cuanto á lo último tienes razón. Yo no 
he debido mancillar el coche de la familia 
haciéndole llevar á una pecadora. Me imagino 
el rubor de los cojines. 



60 



NUESTROS HIJOS 



Alfredo - No quise decir una sandez. Con ese hecho 
nos incluías á todos en tu provocación. 

Sr. Díaz - En cuanto á lo segundo te declaro que mi 
locura no me ha llevado ni me llevará al crí- 
men de entregar á mi hija á los verdugos. 

Alfeedo - Prefieres entregarla á la perdición y al 

vicio. 

Se. Díaz - Todo lo prefiero, antes de consentir en una 
unión que sería para ella un castigo. 

Alfeedo - Se lo habría merecido en todo caso. 

Se. Díaz - Que se lo ha de merecer la pobre criatura 
que no ha podido mentir ni torturar el instinto. 

Alfeedo - Basta, papá! No continúes. No declames 
más ! 

Se. Díaz — | Declamaciones ! 

Alfeedo - Nosotros tenemos necesidad de defendernos 
y defendernos de ti. Nuestro decoro, nuestro 
porvenir, nuestra tranquilidad, exigen que ese 
matrimonio se lleve á cabo. Para que nos sigan 
considerando y respetando necesitamos guardar 
las formas y salvar las apariencias. 

Se. Díaz - ( Exaltado ). Ven acá f Ven acá ! ¿ Qué consi- 
guen con eso ? Con salvar las apariencias ? Tú 
y tus hermanos ¿habrán dejado de ser ios her- 
manos de una mujer que violentó la disciplina 
social ? tu madre habría dejado de ser por eso 
la mala madre de una hija que ultrajó á su 
clase? A qué quedamos todos reducidos, ante 
el concepto rígido de la moral en vigencia ? 
A una pobre familia, á una desgraciada familia 
maculada por un delito anti social, delito que^ 



NUESTROS HIJOS 



61 



por haberse hecho público, jamás se perdonará. 
Ya ves que á semejante precio no paga la 
pena negociar la dicha de tu buena hermana. 

Alfeedo — No discutamos más. No nos convenceremos. 
Debo decirte que somos demasiado crecidos ya 
para aceptar sin beneficio de inventario el evan- 
gelio de la autoridad paterna. He hablado con 
mamá y con Laura y hemos determinado hacer 
valer esta vez nuestro criterio. Es necesario 
que Mercedes se resigne al desagravio. Es for- 
zoso ! Ese casamiento debe llevarse á cabo. 

Se. Díaz - Pero muchacho ! No te acabo de decir que 
no se realizará!... 

Alfeedo - Se hará. Con tu asentimiento ó sin él. Per- 
dona, papá, esta rebeldía pero tú la has pro- 
vocado. 

Se. Díaz — Sabes quién soy yo ? Pues. . . yo me opongo ! 

Alfeedo — Hay medios de reducir tu oposición ! 

Se. DÍAZ — ¡ Oh, candidez ! Haciéndome declarar in- 
sano ? Anulando mi personalidad civil ? ¡ Oh 1 
Los locos son ustedes! Te Voy á demos- 
trar en el acto que, aún con éxito, el recurso 
sería contraproducente. (Va á la puerta y llama á 
voces). Mercedes! Mercedes!... (Volviéndose). 
Interrógala. Preguntále si quiere casarse con el 
caballerito ese. ( Vuelve á llamar ). Mecha ! Cui- 
dado con violentarla ó injuriarla!... 



62 



NUESTROS HIJOS 



Escena IV 



Mecha — Llamabas, papá? 

Se. Díaz Alfredo quiere hablarte. 

Mecha — Di. 

Aleeedo - Ignoro si tú sabes, Mecha, que ayer estuvo 

aquí Misia Edelmira. 
Sa. DÍAZ — Lo sabe. % 
Mecha — Sí. Me contó papá. 

Aleeedo - Espero que te habrá contado todo!... que 
Enrique Vuelve sobre sus pasos y desea casarse 
enseguida. 

Mecha — Sí, sí, sí!... 

ALFEEDO-La visita de la señora de Alvarez no obe- 
decía á escrúpulos caritativos. El señor Gutié- 
rrez me lo ha demostrado esta mañana. Vino á 
ofrecerme una entrevista con Enrique quien de- 
sea á toda costa sincerarse con nosotros. ¿ Qué 
piensas tú? 

Mecha - Alfredo, yo . . . francamente ... en estas cir- 
cunstancias, no sé que responderte. 
Se. Díaz — Sí que lo sabes. 
Aleeedo — Xo intervengas, papá. 

Mecha - Mira, hermano : Yo estoy muy atribulada y 
después de la catástrofe no he logrado asentar 
bien mis ideas. No pongo en duda la buena vo. 
luntad de Enrique. Es lógico que trate de re- 
parar. Pero el caso es que tengo hecha ya mi 



NUESTROS HIJOS 



63 



composición de lugar, estoy dispuesta á consa- 
grarle la vida á mi hijo, y no me hace falta el 
apoyo de Enrique. Ya no lo amo, por otra parte. 

A.LFREDO — Y si no tuvieras más remedio que casarte, 
si se te dijera que esa unión nos salva á todos 
¿ qué harías ? 

Mecha — Por qué he de ser yo la sola víctima? 

AJ.FKEDO — ¡ Ah, sí ! Pretendes arrastrarnos en tu 
caída ! . . . Hacernos solidarios de tu crimen. No 
faltaba otra cosa ! 

Mecha Perdóname. No sé lo que me digo. ¿ Mi sacri- 
ficio es condición indispensable para el bie- 
nestar de Vds. ? 

Alfeedo — Naturalmente. 

Mecha — Pero podré imponer condiciones? 

Alfeedo — Según el genero . . . 

]\Ieoha — Bien Me caso con Enrique. Pero siempre que, 
terminada la bendición ó lo que sea, se me deje 
en libertad completa. 

Alfeedo — ¡ Oh, eso es absurdo ! . . . 

Se. Díaz — Sí ; hijita ! Absurdo. Para salvar las aparien- 
cias es necesario que tú te cases, que vayas al 
domiciHo conyugal que aguantes el mal gesto 
de un marido por la fuerza, ó el gesto sonriente 

»de una bestia ; que compartas la mesa de un 
eterno malhumorado, que aguantes sus desaires 
y sus reproches, ya que no sus violencias, y 
cuando el vaso esté colmado, recién entonces 
te permitirán ir á buscar un poco de paz en el 
seno de los tuyos. Ese es el programa que te 
espera. 



NUESTROS HIJOS 

Alfredo -«No exageres, papá, no mientas! Enrique, 
Mecha — ; Oh ! De Enrique no espero mucho más. 
Alfredo Bien. Contesta categóricamente; que la pa' 

ciencia se me agota. ¿ Qué resuelves ? 
Mecha — Que no me caso ! 
Sr. Díaz -Bravo, hija. Ya ves, Alfredo, que aun cuando 

me hagan declarar loco ó incapaz no podrán 

consumar el atentado. 
Alfredo — La has sugestionado con tus extravagancias; 

I Ah !, Te advierto que hay muchos medios para 

impedir que un hombre prostituya su familia. 

Podría arrojarte de esta casa ! 
Sr. Díaz — Arrojarme de mi casa ! . . . 
Alfredo — Sí. Una persona que atenta contra el decoro 

y el honor de los suyos no merece otra cosa. 

Es un loco ó es un pervertido. 
Sr. Díaz — ¡ Has perdido el juicio, muchacho ? Insultarme 

á mí, injuriarme á mí. A mí que con una pa- 
labra, con un soplo puedo echar abajo el cas- 
tillo de naipes de nuestro honor. 
Alfredo — Qué quieres decir? Explícate. Te lo exijo!... 
Pronto ! . . . 

Sr. Díaz — Anda y pregúntaselo á tu madre. 
Alfredo - ¡ Mi madre ! . . . ¡ Oh ! Haz de probar el cargo 
ó responderás de esa injuria! (mutis violento). 



Escena V 

pá ! . . . Qu( 
Sr. Díaz Es mi drama, hija! 



Mecha - Papá ! Papá ! . . . Qué significa todo esto ! . 
Dime. 



NUESTROS Hijos 



65 



toHA- ¡ Oh. Comprendo ! . . . ¡Pobre papá! . . . ¡Pobres 
de nosotros ! . . . 

^R. DÍAZ — No sé por qué no me he reprimido! Pero lo 
acosan á uno, lo ponen fuera de sí, y las pa- 
labras se escapan solas. No debí hablar ... No 
debí hablar ... No era tiempo aún . . . 

Mecha -De todo esto tengo yo la culpa. ¡ Oh, qué 
angustia! (Llora). 

Escena VI 

Alfbedo — ( Reaparece y se echa á pasear muy exasperado 
monologando) Sí... era tiempo de que nos re- 
solviéramos ... ( á Díaz ) He ido á llamarla. 
Ya viene. 

Sr. Díaz — Haz hecho mal. Estos careos son cosas de 
jueces ó de niños ! No había necesidad de ma- 
yores violencias. Si hubieras sido más hombre, 
nos habríamos entendido como hombres. 

Alfredo — Estoy cansado de tus ambigüedades. Quiero 
ver las cosas claras como la luz, como la luz... 

Sr. Díaz — Niño ! . . . Niño ! . . . 

Escena Vil 

Sra. de Díaz — Qué ha pasado aquí que están con unas 

caras tan extrañas. 
Alfredo — Mi padre acaba de . . . ordenarme que te 

pida cuentas del honor de la familia. 
Sra, de Díaz — ( desmudada ) i Oh, Eduardo! 



66 NUESTROS HIJOS j 

Se. Díaz — No es verdad, Jorgelina. Este muchacho d 

tan ofuscado no entiende las cosas á derechas . . . 
Alfkedo — Eso no te lo permito. Has lanzado un cargo. 

Sostenlo 37 pruébalo. 
Sr. Díaz — ¡ Bien, bien ! No te alteres. Saldrás con tu 

gusto. He querido decirle que tú, Jorgelina, me 

has sido infiel. 
Sea. de Díaz — Qué infamia ! . . . ¿ Estás en tu juicio, 

Eduardo ? Oh ! Ya pasa de los límites ! Yo ? . . . 

Yo ? ... Yo te he sido infiel ? 
Se. Díaz — Sí, tú. Me has engañado. | 
Sea. de Díaz — Alfredo! Tu padre está loco..., loco...! 
Se. Díaz — No lo estoy, señora. Y no insistan en eso 

porque me veré obHgado á... 
Sea. de Díaz ~ Loco de atar ! . . . 

Se. Díaz — ¡Oh. No!... ( Abre un cajón de su escritorio y 
saca un legajo de cartas). Atrévase señora, á decir 
que eso no es suyo!... | 

Alfeedo — ¡ Mamá ! . . . 

Sea. de Díaz — ( Se deja caer en una siUa ). 

Se. Díaz — Me han obligado á ser tan cruel... Pero 
tenía que defenderme. Si no lo hago así me 
nombran un tutor... ( Pausa prolongada ). 

Alfeedo — j Oh, qué repulsivo es todo esto!... Qué 
bajo !. . . Qué innoble !. . . Y para ello, para medi- 
tar una venganza así, has necesitado recluirte 
durante cuatro anos, preparar el golpe con toda 
perfidia y acecharnos durante meses y meses 
esperando el momento en que más pudiera herir- 
nos para descargarlo á mansalva. Qué cobar- 
día!... A ti es á quien tengo que pedir cuenta 



NUESTROS HIJOS * 67 



de nuestro honor, ahora! A ti! A ti, que has 

preferido ser verdugo á ser caballero ! 
5e Díaz - Continúa. Desahoga tu corazón, hijo!... 
Alfbbdo - ¡Oh. Si ella ha faltado, tu conducta eclipsa 

su falta, la purifica. Habla tú ! Justifícate si pue- 

d.es ! - . . 

Se Díaz — No lo intentaré. (Serenamente, después de 
una larga pausa). Ustedes habían nacido ya 
cuando Jorgelina me engafló. Yo la quena 
mucho y más que á todo adoraba la paz del 
hogar en que elaborábamos la dicha común. 
Cuando se me presentó el conflicto pasional no 
tuve fuerzas para revelarme. Me acobardó el 
fantasma de la vindicta social haciendo presa 
de mis hijos, y á riesgo de pasar por un abyecto, 
— quien sabe si no sigo siéndolo para mucha 
gente. — apliqué un cauterio á mi herida de 
amor propio y continué la vida en común como 
si nada hubiera ocurrido. Lo preferí todo á dejar 
señalar con un estigma infamante á mis pro- 
pios hijos. Pasó el tiempo. El episodio había 
modificado mi concepción de la vida. Ustedes 
crecían y se educaban en un medio que empe- 
zaba á resultarme falso y convencional pero ya 
era tarde para llevarlos á la realidad. Luego 
mi mentira y la mentira de todos comenzó á 
mortificarme. Entonces, huí á la mansarda. Allí 
habría acabado mis días sin decir una palabra 
si no sobreviene este accidente de Mercedes 
que me devuelve á la realidad cruel de la vida. 
Alfbbdo — i Por qué no seguiste callando ! 



68 NUESTROS HIJOS 

Sr. Díaz — Ese ha sido el error ! Hablar ! . . . Pero no lo 
hemos perdido todo... Oye, Alfredo! Tú, o 
tú, Jorgelina !. . . Ya que somos dueños 
la Verdad, ¿por qué no edificamos sobre e 
un nuevo hogar ?. . . 

Alfredo — j Oh ! . . . No puede ser ! . . . Es iarde ! . 
Además, hemos quedado sangrando ! 

Se Díaz — ( Después de una honda pausa, á Mecha). Vam 
Mercedes. Vamos los dos... no, vamos los tr 
á formar ese hogar con la verdad de nuestras 
vidas !. . . (Se encamina con ella hacia afuera ). 

Telón lento 



I 



Obras editadas por la casa de 0. M. BERTAI 



Autores naeionales : 

f\RmmO VñSSEUR, cantos Augúrales (poesías) 

M. PÉREZ Y CÜRIS, Rosa Ignea (2.- edición) ' 
MANUEL MEDINA BETANCORT, Cuentos al Corazón. 3.a edición 

(Ilustraciones de A. Qoby) 
PERFECTO LÓPEZ CAMPAÑA, Fanfarria de Prejuicios l 
EMILIO FRUQONI, El Eterno Cantar, 3.a edición ( Ilustración de 

A. Qoby) 

ENRIQUE QRÜNTZ, En el tálamo del amor ( Ilustración de a'. Qoby)" l 
ANQEL FALCÓ, Aue Francia (prosa y poesía) . 

>' Qaribaidi (poema) 

Vida que canta (poesías) 

Breuiario Qalante (poesías) 
ISIDRO RODRÍGUEZ MARTIN, Alma trágica l 
ILLA MORENO, Rubíes y Amatistas (poesías) ... , 
EDUARDO QANDOLFO, De Ayer (uersos). 

CARLOS ROXLO, El libro de las rimas (en rústica) ". ' * ' ' ' " l 

(en tela) buena encuademación » 
CESAR MIRANDA, Las Leyendas del Alma (agotado) 
JOSE L. QOMENSORO, El país que se ama (cuentos). ' ' » 

DELMIRA AQUSTINI, El Libro Blanco (poesías) 
FEDERICO QIRALDI, Mirim (poesías). 

ROBERTO DE LAS CARRERAS, Suspiro á una "palmera ( poema )! " l 
ANDRES T. QOMENSORO, Rumbo al Sol 

MARÍA MORRISON DE PARKER, El padrino de Cecilia (nouela") ." * l 
JULIO HERRERA Y REISSIQ, Los Peregrinos de Piedra (poesías) . » 

BIBLIOTECA ÜEATRO URUGUAYO 

ISMAEL CORTINAS, El Credo (comedia en un acto). ... 

LUIS SCARZOLO TRAVIESO, Cabecita loca . . . , , 

FLORENCIO SANCHEZ, Nuestros Hijos (comedia en '3 actos) ." >> ( 

Autores extranjerois : 

MAX PEMBERTON, El Pirata de Hierro 

QUY BOOTHBY, La Venganza del Dr. Nicola » 

LE BLANC, Auenturas de Arsenio Lupin (La dama rubia). » 

GASTON LEROUX, El Misterio del Cuarto Amarillo .... . . . 1 

El hombre que uió al Diablo » 

El perfume de la dama uestida de negro 

EN PRENSA 

Rafael Barrett, «Moralidades actuales» (2 tomos).